No sabía donde ir pero sabía dónde no quería estar. Necesitaba que el frío congelará mis pensamientos por un rato y me dejará descansar. Me abroché el último botón del abrigo y cerré la puerta. Pensé en llevarme música. Siempre lo pienso cuando salgo de casa y siempre que lo pienso me acuerdo de que hace más de tres meses que perdí mi mp3. Fantaseando con la posibilidad de comprarme uno nuevo, no me dí cuenta de que, en el pasillo que llega hasta los ascensores, había una persona. Era el marido de mi vecina. La pareja del apartamento 707. Antonio, creo recordar que era su nombre, aunque yo siempre le llamo el anciano sonriente.
Debe tener unas 8 decádas. Más por lo curvado de su andar que por sus arrugas. Su pelo es totalmente blanco y lleva sombrero. Pero no un sombrero de los 60, ¡que va!. Siempre lleva sombreros que bien podían venderse en Zara . Suele llevar pantalones claros de pinzas a cuya cintura engancha los tirantes. Usa camisas claras de cuyo cuello se descuelgan divertidas corbatas. Y por supuesto, zapatos de vestir. Una mezcla amable de lord inglés y clown
-¡Buenas tardes, caballero!.
-¡Hola niña!,¡cuánto tiempo!.Buenas tardes, y qué seas muy feliz.
Me metí al ascensor procesando lo que me acababa de decir áquel entrañable anciano y bajé al portal. Cuando iba a abrir la puerta de la calle, me dí la vuelta y subí a mi casa. Encendí el ordenador (cómo si marcara tu número) y te escribí esto. Ya sabes que cruzarme con los pocos humanos que quedan, es una más de las situaciones que me ponen sensible.
Debe tener unas 8 decádas. Más por lo curvado de su andar que por sus arrugas. Su pelo es totalmente blanco y lleva sombrero. Pero no un sombrero de los 60, ¡que va!. Siempre lleva sombreros que bien podían venderse en Zara . Suele llevar pantalones claros de pinzas a cuya cintura engancha los tirantes. Usa camisas claras de cuyo cuello se descuelgan divertidas corbatas. Y por supuesto, zapatos de vestir. Una mezcla amable de lord inglés y clown
-¡Buenas tardes, caballero!.
-¡Hola niña!,¡cuánto tiempo!.Buenas tardes, y qué seas muy feliz.
Me metí al ascensor procesando lo que me acababa de decir áquel entrañable anciano y bajé al portal. Cuando iba a abrir la puerta de la calle, me dí la vuelta y subí a mi casa. Encendí el ordenador (cómo si marcara tu número) y te escribí esto. Ya sabes que cruzarme con los pocos humanos que quedan, es una más de las situaciones que me ponen sensible.
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