martes, 25 de noviembre de 2008

De ángeles, de vuelos y de mí

Ayer desayuné con un ángel. Eran las 12 de la mañana y apenas había gente en el bar. Entró al local con el agobio que da el saberse fuera de lugar. Con miedos, vergüenzas y prejuicios, pero con el deseo de llevarse algo caliente al estómago y otro, más implícito, de no sentir la soledad. Los pocos madrugadores tardíos que había desayunando estaban tan inmersos en sus pseudo-intelectuales lecturas de periódicos gratuitos (usadas como tapaderas de soledades sociales) que no percibieron su presencia hasta que el olor que da el vivir en la calle, les invadió sus aburguesadas narices.
Tenía el pelo negro azabache, y tan enmarañado que bien podría confundirse con un nido quemado de cigüeñas. Llevaba una chaqueta gris verdosa de cuero ,dos tallas más pequeña que la suya, que dejaba al descubierto unas lumbares amoratadas escondidas bajo varias capas de suciedad que envolvían todo su cuerpo. Los jirones que quedaban de sus pantalones tan sólo le cubrían el cachete izquierdo de su gran culo,dejando al aire el enorme,peludo y sucio muslo de su pierna derecha. LLena de hematomas. Llena de heridas. Llena de cansancio. ¿Y los zapatos?. Ni siquiera llevaba. Unos empapados,rotos y putrefactos calcetines de lana eran todo su apoyo sobre el mundo

-Buenos días,¿me pones un cafe con leche,por favor?- preguntó con más vergüenza que timidez al camarero.

¡Un café con leche!.¿A qué le sabría ese café que yo apenas saboreaba?, ¿qué significaría para ella?, ¿cúan agradecida estaría por el calor del local que le estaba resguardando del frío y de la lluvia durante unos minutos?.
No levantó la mirada del suelo durante los 60 segundos que se tarda en hacer un café y cuando por fin ya lo tuvo en sus manos caminó, absorta la mirada en su gran tesoro, hacia la banqueta que quedaba libre en mi mesa. No me dirigió la palabra. Tampoco le hizo falta. Su mirada me lo dijo todo. ¿Puedo sentirme persona?. Quizás recordando otros tiempos en los que ella también tomaba el café de un trago,sin saborerarlo, sin pensar que un día podría ser un lujo que no podría permitirse, se llevó el primer sorbo a la boca. Lejos de sentirme incómoda, me sentí especial. Tenía muchas banquetas vacías pero eligió la de mi mesa. Quizás ni siquiera fue una decisión premeditada, quizás ni siquiera fue una cuestión de empatía. Tampoco me importaba. Me había hecho sentir bien y con eso me sobraba.
Toda la cafetería nos miraba, o al menos eso creo, porque noté ese extraño peso en la cabeza que se siente cuando alguien te observa desde lejos sin que quiera ser demasiado evidente. Me daba igual. Yo no podía dejar de mirarla a ella. Tenía los ojos de un azul tan transparente que buceé en ellos encontrando la paz que hacía tiempo estaba buscando. Eran pura dulzura en mitad de la desgracia. Eran una necesidad de amar.
Sorbía lentamente su café y su expresión era de agradecimiento hacia alguien que se encontraba por encima de la altura de sus ojos. Y entonces, mascullaba palabras. Supongo que le daba las gracias a ese mismo ser que a pesar de todo, no se olvidaba de ella. En ese momento el dueño del bar apareció y quiso echarla de mi lado. Me negué. ¿Quién era él para arrebatarme mi momento mágico del día?. Le dije que no me importaba que estuviera allí y ella me regaló su angelical mirada y me preguntó muy sorprendida si realmente no me importaba. Pero mujer, ¿tu no ves la sonrisa que se me ha dibujado en mis labios desde el mismo momento en que decidiste sentarte a mi lado y hacerme persona?.
Ya no habló. Ya no masculló. Ya no agradeció. La situación le había traído de nuevo a su realidad y se sintió fuera de lugar. Apuró el café y se acercó a la barra,muy educadamente ,a preguntarle al camarero cuánto le debía, y cuando éste le hubo contestado, se metíó las manos en los bolsillos del pantalón,como buscando esas monedas que una siempre lleva sueltas en ellos, pero olvidando que el suyo sólo tenia las marcas de que, en un pasado ,pudieron existir; olvidando que, en el presente, sólo había agujeros; olvidándose de quién era, y mirando ruborizada al camarero se disculpó, con una voz temblorosa, alegando que había olvidado coger el dinero al salir de casa. El corazón se me esncogió. Al camarero tambien. Le miró y le dio las gracias como quién pide perdón.
Se encogió de hombros, agachó la cabeza y caminó hacia la calle . La luz del bar se iba apagando a medida que ella se alejaba. Pensé que jamás volvería a ver esos ojos pero un paso antes de llegar a la puerta, se detuvo, se giró y me regaló, por útlima vez, su cristalina mirada. Se fue. Para ese momento, la gente que aún quedaba en la cafetería, volvía a esconder su soledad en hipócritas lecturas.
Fue un ángel. Seguro. Y empecé a volar. Lástima que al final del día tuviera un aterrizaje forzoso. A fin de cuentas volaba con las alas de repuesto porque las mías estaban en tu maleta. Sé que no soy a la única que le pasa, sé que es el precio de esta forma de vida, sé que es un tropiezo en el caminar, sé que es otro cambio más, pero déjame sentarme en la banqueta vacía de tu mesa,y, simplemente, mirarte.

PD: A esas horas, te imaginé volando a ti también. Escuchar tu voz fue remontar mi vuelo...

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